De guayes y gatos

Hoy es el Día Mundial de la Poesía y Cuaderno Americano os trae un poemita que habla sobre el amor y la vida, la vida y los guayes, los guayes y los gatos… y más concretamente sobre un gato llamado Jacky que, una noche, habló —yo estaba allí, yo fui testigo— quejándose poéticamente de sus guayes o achaques…

Guay

Jacky,
hermano,
¿hablarías aún si pudieras
por los pasillos de casa?
¿te lamentarías como aquella noche?
¡guay!, ¡guay!
En lo último
tenías muchos guayes,
te apenaba la corrupción
gradual de tu cuerpo
y nos lo hacías saber
con tu voz minina.

Ahora tus cenizas
callan, por amor vives
entre tantos libros,
cerca, lejos, de ella,
tú ya sabes de quién hablo.

(«Guay» first appeared in Vulture Magazine, Sept. 2010 [Spain])


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Poetas cibernéticos / Cybernetic poets

Hace algunos años descubrí las ideas iluminadoras (e inquietantes) de Raymond Kurzweil y otros futuristas, que aseguran que nos encaminamos hacia una nueva singularidad, o momento en el cual nuestra civilización habrá avanzado hasta el punto de resultar incomprensible para las generaciones previas. Para Kurzweil, esta singularidad se verá propiciada por el progreso tecnológico, y señala como punto de inflexión el momento en que una máquina adquiera conciencia de sí, es decir, el de una inteligencia artificial perfecta.

Intoxicado por estas ideas, escribí este poema, cuyo proceso de escritura resultó ser más interesante que el poema en sí. Descargué el programa Cybernetic Poet —una carraca antediluviana de 15MB— que programó el propio Kurzweil. Introduje en el sistema la frase “Raymond Kurzweil quiere ser inmortal”. Y di rienda suelta a mi imaginación y a esa maquinita de rimas, tratando de simular las críticas que habrían dispensado en su día autores como Poe, Donne, Keats y Wilde, de haberse enterado de sus incautas intenciones. Las críticas eran absurdamente verosímiles porque las palabras y frases sugeridas eran de su puño y letra: derivaban del estilo y vocabulario que utilizaron en sus propias obras.

Quizá la singularidad no sea más que una pamplina. La Ley de Moore, aseguran algunos, se topará pronto con las leyes microfísicas, y entonces no habrá crecimiento exponencial del número de transistores que valga. Yo, sin embargo, tengo una fe inquebrantable en la capacidad de superación del ser humano… Mi vecino, sin ir más lejos, está diseñando un nuevo ordenador cuántico más efectivo. Me lo explicó hace poco de camino a la oficina; él a la suya, la científica, y yo a la literaria, pero íbamos montados en el mismo autobús. Estos sucesivos avances en computación cuántica (que permite procesar bits de unos y ceros simultáneamente y multiplicar la capacidad de cálculo) podrían evitar esa falla trágica del mundo o nuestra perspectiva, que provoca que cuanto más grande o más pequeño sea algo, más y más problemático e incomprensible se vuelva a nuestros ojos, ya sean artificiales o no.

Lo que hagamos o no con esa tecnología, o lo que esa tecnología haga consigo misma, ya será otra historia: como dijo Bertrand Russel, «el cambio es científico, y el progreso es ético; el cambio es incuestionable, mientras que el progreso es un tema abierto a la controversia.»

Y aquí, el poema:

La singularidad de llamarse Kurzweil

«Raymond Kurzweil quiere ser inmortal”
escribo,
frente al ordenador,
y al instante aparecen ante mí,
en inglés,
las palabras que generarán
una aliteración, más versos,
sugerencias que al fin conforman
una estrofa con sentido: an imbued image impels his
impotent idea
(una imagen imbuida impele
su idea impotente)
esto es lo que responde
un asistente informático,
saturado de estrofas y cadencias à la Poe,
y aún hay más; el perfil de Donne asevera:
Imposture imprints his
Interred infinity
(la impostura marca
su infinitud enterrada);Keats clama al cielo:
impassion’d he implores
an impossible import
(él implora, apasionado,
una importancia imposible); y Wilde, muy esteta:
I see ivory, iris-plumaged indolence,
indeed, he’s Icarus
(veo indolencia marfileña, de plumaje irisado,
sin duda alguna, él es Ícaro)

Nuestra virtualidad,
nuestra huella,
cosificada en software,
una antigualla de apenas 15 MB
que propone y dispone: crea.

La cosificación avanza,
avanza sibilina,
desconocida aún de sí misma y de nosotros
—¿quién es Raymond Kurzweil?—
avanza, sí,
Sibila carente aún de conciencia,
avanza, sí, hacia la llamada

singularidad

que estallará algún día,
pese a Poe-Donne-Keats-Wilde.Se nota que hasta su virtualidad
tiene el miedo metido en el cuerpo
y la inteligencia creativa y solidaria
del hombre y la máquina
será un eufemismo del relevo efectivo
de quien escribe (escribía) este poema.

(«La singularidad de llamarse Kurzweil» first appeared in Vulture Magazine, Sept. 2010 [Spain])

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The Writer and the Girl

American Notebook brings you today a candid poem, “The Writer and the Girl”, published last November in Poems to Talk about 2013, and inspired by an apocryphal story about the last months in Franz Kafka’s life, which writers like César Aira (in his article “The travelling doll”) and Paul Auster (in The Brooklyn Follies) have retold… and if you’re feeling all fancy-schmancy like a patron of the arts you can buy the e-book and support Poetic Republic, a one of a kind poetry competition in which participating poets select their own favorite poems…

Cuaderno Americano os trae hoy el cándido poema “The Writer and the Girl”, que se publicó el pasado noviembre en Poems to Talk about 2013, para que practiquéis vuestro inglés 🙂 Está inspirado en una historia apócrifa sobre los últimos meses de la vida de Franz Kafka de la que escritores como César Aira (en su artículo “La muñeca viajera”) y Paul Auster (en Brooklyn Follies) se han hecho eco… y si además os sentís espléndidos y un poco mecenas del arte podéis comprar el e-book y apoyar a Poetic Republic, una competición poética única en la que los propios poetas participantes eligen sus poemas favoritos…

The Writer and the Girl

To Franz Kafka, César Aira and Paul Auster

November, 1923.

In Berlin, days are grim
and after writing
I take a walk in Steglitz Park.

One must try to keep spirits high.

Only yesterday
a loaf of bread was one hundred and forty billion marks
and crowds wiped out
Scheunenviertel’s Jewish stands.

A girl is crying in her mother’s arms,
I say, What’s wrong with you sweetheart?

My doll Seele got lost, Sir—
she babbles out.I tell her the doll didn’t get lost,
that I saw her leaving town,
that she gave me a letter for her,
that she seemed happy when she waved goodbye.

Her eyes sparkle as I promise to read it out loud
and her mother smiles approvingly:
we arrange to meet again, the following day.

Back at home I tell Dora about the little girl,
she says You are an adorable creature, Franz.

And Seele writes back everyday from afar,
and how delightful her travels are,
and how fascinating the wondrous people she meets,
and how fantastic all that prevents her from coming back,
and how exciting falling head over heels for a charming Doll,
and how thrilling setting off with him to a foreign land.

Three weeks after leaving Berlin
Seele’s last letter arrived.
I was taken up by guilt
but the little girl was almost happy,
enthralled by Seele’s adventures:
she hugged me and told me to wish her good luck.

In Berlin, days are grim
and whenever silence weighs down on me
I take a walk in Steglitz Park:
when I get back home
Dora always seems to find her way
around my heart.

(«The Writer and the Girl» first appeared in the Poetic Republic Poetry Competition E-book (http://www.poeticrepublic.com), 2013 [USA])
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