Sonido de amor

Resuenas aún
tras tanto tiempo de sílabas y perdida,
y oigo aún o eso creo –es tan leve el concierto–
la siempre serena acusación del tiempo dado.

Y nos captura –tal vez somos– una naturaleza muerta,
nosotros presos en departamentos estancos
seremos vida que no pueda más que abrirse.

Por momentos arden mis labios,
por momentos mientras viro,
sobre un eje de metal, una puerta giratoria
donde el silencio es certero, tanto que convence
como para abandonar el silencio
y redimirlo y silenciarlo
y recogerme en un espacio
lejos de lo ortogonal y giratorio.

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Carta cerrada a Neruda

Resulta extraño: que un joven de mi edad hable nostalgia, presintiéndola como piedra; cenital y desangrándose. Extraño si relatara aquí desde el prisma de un puñal calcáreo que manase sangre, si viera a través de él, si es que Isla Negra o cualquier selvática fosforescencia arrumba lejos de mi universo, extenso de cromáticos grises y soberbia estructura, dónde la sacudida oceánica no vibra, dónde se sucede inapetente el vertical ritmo de avenidas.

Somos también fuego, tierra, palabra y sed. Pero inspiración, poeta, es aquí palabra desclasada. Aún se es joven, en ausencia de imágenes. En la propia ausencia de tu verdor apoteósico, en su jadeante naturaleza y aquello que advierto en lo que narras me resguardo: para hablar nostalgia y tantas otras historias hacinadas sin forma en mí, en nosotros incluso.

Es joven, mi vocación. No distingue lo pertinente. He sentido el desamor, y éste ha cuajado con un límite cúbico por sobre mis pocas palabras escritas. Aún te siento. He sentido la muerte. Aún os recuerdo. He perdido a algunas personas, crispados los vínculos que antes escanciaban su irreductible aroma. Aún os aguardo, te aguardo. Tras de todo subyacía un simple ansiar la felicidad, la belleza, la verdad. El miedo al dolor.

Soy en suma un ser mediocre… pero cuando se desata la habitación roja, como un apéndice grotesco de mí mismo o mi bazo o mi deseo, parece sostener mi pensamiento y alucinado lo tiende a secar sobre el cordón de humo que despide el tabaco negro. Entonces soy un conato de escriba con permiso de ser. Desnudo sobre la arena entreabro unos labios rebeldes y consiento que el estertor granulado, la inspiración, ya desclasada, me lama los labios, lacerando mi piel, ansiando mi lengua con el mutismo de un amargo arrabal plisado que aguarda en un mueble ocre. El mutismo de aquello que escribo crepita al ser desvelado desafiando la monotonía de mi ciudad de hormigón.

Y si «en la casa de la poesía no permanece nada sino lo que fue escrito con sangre para ser escuchado por la sangre», sonrío, sonreímos al pensar, que nuestra sangre no sea grata, que no caería, caeríamos, en gracia a Neruda, nosotros, poetastros urbanos. Mas compatriota chileno, si así fuera, préstame al menos algunas palabras, baste un sólo decir «para nacer he nacido». Esta es mi vida. Basta.

(Valencia, agosto del 2002)

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A un paso

Recostar el sueño que, agotado,
anuda grises adelfas bajo los párpados,
es tan semejante al filo que desgrana
lamento de ser, y alegría semejante al dolor.

Ansiar vida como aquel que sabe,
que no recuerda, la lluvia
diluye el dolor. (Como la noche que fue
y no volverá y con los brazos en cruz
recorrer filas de automóviles por la
ciudad huérfana de toda luz, vida.)

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