¿Odia a Trump?

Esta mañana he amanecido a una tormenta de nieve en Madison, Wisconsin (mirad el blanco panorama desde mi oficina) y España ha amanecido a un resultado electoral en el que VOX (la extrema derecha, los neofascistas, la derecha-derecha, los fachas de siempre) ascendía a tercera fuerza, premiada por la indecisión, los cálculos electoralistas y la falta de voluntad de compromiso de los partidos mayoritarios.

Mientras caminaba hacia la parada del autobús (que se ha hecho de rogar) un chaval negro de unos 10 u 11 años (que debería estar en el colegio, pero no lo estaba, seguramente porque habrían suspendido clases por la nevada) abría y cerraba la puerta de casa.

Quizá porque tenía frío, o quizá porque era parte de su pequeña performance: abrir y cerrar la puerta alternativamente, hacer acto de presencia para desaparecer, acto seguido. Y cada vez que traspasaba el umbral de la puerta gritaba a todo lo que daban sus pulmones “¡Odio a Trump! ¡Odio a Trump!”, y al verme pasar me ha preguntado con visos cómicos, rompiendo la cuarta pared para dirigirse a mí, su único público, porque todo lo demás a nuestro alrededor era un manto de nieve inerte, sobre casas y ardillas y árboles a duras penas vivos:

– Ud, señor, sí, Ud. ¿odia Ud. a Trump? -, y yo no he podido resistirlo, me ha hecho una gracia tremenda, me ha alegrado la mañana, y he asentido.

– La verdad es que sí, odio a Trump -, le he dicho en inglés, levantando el dedo pulgar hacia arriba, a la americana, en señal de aprobación.

Luego, mientras esperaba el autobús, un autobús que se hacía tanto de rogar, con un frío del carajo, he tenido tiempo para reflexionar sobre mi reacción: sobre mis palabras, sobre mi dedo pulgar apuntando hacia el cielo nevado, sobre las consecuencias del odio. Un odio que no era, en todo caso, un odio visceral, ni un odio violento, sino más bien la expresión (cómica) de una repugnancia pre-adolescente: el saberte no representado.

Y me he arrepentido, de cierta manera, porque yo ya no podía retirar mi gesto, pero me he consolado y me he dicho que siempre hay tiempo: para enmendarse, para ser mejor persona, y compañero, y ciudadano. Y en medio de esta nevada de Wisconsin, en la performance de un chaval afroamericano, no por su forma pero sí en el fondo, he visto algo de esperanza, algo a lo que aferrarme.

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