Amapolas y cuarteles de invierno

Vuelvo tras un fin de semana de retirada en estos mis lóbregos cuarteles de invierno en Madison para traeros una de mis mejores poesías y calentaros, o eso espero, un poquito el corazón. Cuando la escribí sabía que iba a viajar a EEUU para estudiar un doctorado pero no sabía que viviría en Wisconsin, simplemente abrí un mapa (digital) y busqué un número de carretera comarcal compartido entre mi origen (soy castellano por parte de madre y andaluz por parte de padre) y destino. Al final resulta que, al hablar del potencial de la poesía para prever mundos posibles, Aristóteles llevaba razón…

¿Qué es una amapola?


Cuando la conocí supe al instante,
ella me lo confesó,
que su flor preferida era la amapola,
no la amapola que se doblega en un cuenco de barro,
de pistilos azufrados,
la cautiva del acuerdo tácito con los hombres,
“si me ofreces en exequias tus hojas
yo perpetuaré tu estirpe,
aunque la polis olvide tu nombre,
tú, amapola, no has de morir”,
no, esa no.

Ella prefería la amapola
que crece junto al arcén de la comarcal 110,
de camino a Guadalajara o Wisconsin.
Una túrgida mata que se enrolla en la guadaña
que amputa, de cuando en cuando,
los brazos o el cuello a motoristas incautos.
La prefería así, ella me lo confesó,
y yo tuve por bien lo que dijo
que era una amapola,
creí en su idea con la naturalidad
de un hombre que mira alucinado
hacia el pasado,
que sabe en consecuencia
lo que le espera más adelante:

la pugna por expresar
lo que es y no es una amapola,
de defender ante otros su idea
y probar que sólo florecen junto al arcén de dos carreteras
y en ningún otro lugar,
que la profusión de palés holandeses,
su calculado tráfico de esclavas
no es garante de nada,
ni sobre la idea de la amapola
ni sobre nuestro amor por ella,

El hombre, alucinado, tendrá que demostrar
que cuando ve en los escaparates
de una librería de viejo
una litografía que muestra
un diagrama de las exequias
practicadas por chinos que se enamoraron de la idea del opio
no siente la idea de la amapola.

Que cuando camina por un descampado
y pisa una amapola
no siente pena por la planta,
pues no era lo que pretendía ser,
sino ilusión y fuga de una idea preconcebida
que se parecía, en cierta manera,
tanto a él:
ambos fueron engendrados en la comarcal 110
y nunca supieron quién les legó en origen
su suerte de alucinados,
de amapombres que se preguntan
qué es una amapola.

(“¿Qué es una amapola?” first appeared in PEN International Magazine, vol. 59, nº 1, 2009 [UK])


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