Instantáneas de Buenos Aires I

Instantánea 1

A poco que uno la transita. A poco que uno transije y deja que la turba de imágenes superpuestas se pose en la retina como se paladearían las corcheas de un “Té para dos” de esquina y bandoneón. A poco que las imágenes se instalan bajo los párpados e instilan la certidumbre de que ese revoltijo de iniquidades y belleza del que hemos sido testigos no fue un sueño. A poco que uno aplaza el juicio a perpetuidad y permite que Buenos Aires, esa desmedida Deyanira devoradora de correntadas humanas, lo deslumbre, comprueba que bien podría ser el amor de su vida: una porteña mestiza, pizpireta y espigada que rezuma cultura por cada poro de su piel, de los puestitos de garrapiñadas a los tenderetes de baratillo, de las mantas ahítas de ropa y baratijas hasta la esquina musgosa y el kiosco más destartalado.

Y da coraje, no se entiende a quienes juntaron el valor suficiente para ceder una matria tan bella al chantaje y la arremetida de los vampiros transnacionales.

Instantánea 2

Anteayer me senté a almorzar en el café Tortoni, en una mesa chica y afable, junto al cuarto pilar por la derecha. El camarero me trató con un desprecio franco y absoluto que yo no pude más que agradecer, porque me gusta la sinceridad, apurando el café con leche y la media luna con la poco convincente indignación de quien se sabe indigno de penetrar los umbrales de una cultura ajena.

Lejos de escarmentar volví ayer también, para tomar otro café con mi tía y su marido, que están también de visita en Buenos Aires: ella porque es tremenda directora y actriz, él por genial actor y dramaturgo. Platicábamos de todo un poco cuando él me explicó lo emocionante que fue sentarse en la misma mesa que solía usar Federico García Lorca en el Tortoni, cuando estuvo en Argentina allá por 1933.

Casi me caí de la silla cuando dijo que era precisamente la misma mesa en la que me había sentado el día anterior, sin saberlo, con la fotografía de Lorca velando mis espaldas. El vértigo duró lo que nuestra conversación porque cuando estábamos a punto de marcharnos me acerqué a la mesa en cuestión y descubrí el equívoco. Yo, en realidad, me había sentado en la mesa junto a la mesa que estaba frente al pilar, en la que sí se sentaba Lorca, tal y como atestiguaba la fotografía del sonriente poeta granadino.

Lo único que me consuela es esta fe irracional que siempre he tenido en las casualidades, en las afinidades electivas de la vida: Lorca no pudo sentarse siempre en la misma mesa, su mesa preferida tuvo que estar ocupada por fuerza algún día y él tomó la siguiente, la mesa chica y afable, junto al cuarto pilar por la derecha, en la que años después yo sin siquiera sospecharlo me sentaría.

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