Caballitos de mar

Hace poco más de seis meses que comencé mi andadura por la blogosfera y es toda una sorpresa no ya que aún publique este blog, sino que lo leáis aún, semana a semana.

Gracias.

Hoy es un día especial, también, porque os muestro una nueva faceta, una poesía en inglés, admitiendo ya sin disimulo esta improbable identidad de escritor bicéfalo o bilingüe, dependiendo de como se mire.

A “These are examples of metaphors” le tengo tremendo cariño, supongo porque surgió casi espontáneamente, aunque fuera por encargo. La he recitado ya en un par de lecturas de poesía, en Madison, y fue en realidad publicada en otro blog, bajo otro seudónimo anagramático, Mark L. Zabba: el título me venía dado por mis queridos amig@s de Dictionary By Default (http://dictionarybydefault.blogspot.com) y la entrada del diccionario me hizo pensar inmediatamente en el conocido poema de William Wordsworth que leí una vez en Edimburgo, en el que el escritor trova sobre una chica que canta y cosecha en un campo escocés, una “highland lass” que pudo o no haber visto de primera mano, en el tour que hizo por Escocia en un lejano 1803, junto a su hermana Dorothy.

El poema me recordaba el tour que hice también yo, desde Inverness a la isla de Skye y hasta el Lago Ness para luego volver a Edimburgo, en 2008. También acompañado de un amor casi incestuoso y que tenía también, como el de William y Dorothy, todos los visos de un imposible. Ese poema de Wordsworth, que dice, algo alambicado, en los dos sentidos de la palabra, tan sutil como rebuscado:

The Solitary Reaper

Behold her, single in the field,

Yon solitary Highland Lass!
Reaping and singing by herself;
Stop here, or gently pass!
Alone she cuts and binds the grain,
And sings a melancholy strain;
O listen! for the Vale profound
Is overflowing with the sound.

No Nightingale did ever chaunt
More welcome notes to weary bands
Of travellers in some shady haunt,
Among Arabian sands:
A voice so thrilling ne’er was heard
In spring-time from the Cuckoo-bird,
Breaking the silence of the seas
Among the farthest Hebrides.

Will no one tell me what she sings? —
Perhaps the plaintive numbers flow
For old, unhappy, far-off things,
And battles long ago:
Or is it some more humble lay,
Familiar matter of to-day?
Some natural sorrow, loss, or pain,
That has been, and may be again?

Whate’er the theme, the Maiden sang
As if her song could have no ending;
I saw her singing at her work,
And o’er the sickle bending; —
I listened, motionless and still;
And, as I mounted up the hill
The music in my heart I bore,
Long after it was heard no more.

me sirvió para escribir las líneas “I’m a solitary reaper, singing in love” y que en realidad no aparecen en ningún lugar del poema, se mire por donde se mire, y que precisamente son por ello el corazón ferviente del mismo, porque lo que falta en el poema es el punto de vista de la joven que recoge el grano bajo la mirada absorta del joven poeta: ¿qué pensaba ella mientras la observaba ese desconocido? ¿acaso intuía la relevancia artística que su gesto cotidiano iba a adquirir? Un desconocido poeta que, según algunos críticos, probablemente sublimara en ella, en su representación en el poema, lo que había de irrealizable en el deseo que sentía por su propia hermana.

El punto de vista del objeto poético de Wordsworth se convierte en mi punto de partida, y desde la neutralidad de la voz inglesa, que no necesita de indiscretas revelaciones genéricas, que deja toda libertad al lector del poema para que desde su sexualidad, imagine; me convierto en la muchacha que cosecha, observada por Wordsworth quien a su vez canta y recuerda su propio objeto poético. Curiosamente también una muchacha… pero ¿quién tiene por qué saberlo al leer el poema? Sea nuestro secreto, nuestro silencio, pero sí, hay ahí en esas líneas una muchacha de la que estuve enamorado, y que un día me habló del ritual de apareamiento de esos animales marinos que, al parecer, llevan a cabo una bella danza nupcial, con la cola entrelazada, durante horas, hasta que la hembra deposita los huevos, fecundados, en una bolsa ventral que poseen los machos. Un baile que es puro exceso y excedente del significado, que parece innecesario desde el punto de vista pragmático y biológico. Lo que hace que me pregunte, hasta el día de hoy, ¿quién es el fecundado o la fecundada? ¿quién carga con la prole? ¿a quién pertenecen los recuerdos? Dime tú, que lees estas líneas, confiesa, en este mismo momento, si es que lo sabes, si es que es posible saberlo: ¿quién es el dueño de la herida?

El poema de Wordsworth revela, en la ansiedad de una única línea, la angustia de la incomunicación a la que nos vemos todos abocados al fin, por mucho que nos empeñemos en lo contrario: “Will no one tell me what she sings?”, se pregunta el poeta, y su formula retórica sólo halla el lugar común, el silencio sepulcral de dos siglos y de su propio poema, de tantos siglos que vendrán y nos encontrarán indistinguibles en nuestras pequeñas luchas y quehaceres diarios o, peor aún, extintos.

Quiero creer que mi poema alivia, de algún modo, ese silencio al que se suma y al que responde “nothing / nada / zilch /metaphors / is all that will ever come out of raking or writing”, para defender que las palabras no valen nada, “words are worth nothing”, en chanza explícita al dueño de los versos originales; porque en realidad las palabras que Wordsworth implora para poder entender el canto de la desconocida escocesa son también una metáfora, melancolía, saudade, “words are sadness”: tristeza del acontecimiento irrecuperable, más silenciosas que el propio silencio pero más que nunca necesarias, porque si hay una respuesta auténticamente ética hacia la literatura y el arte, esa respuesta es no sólo la admiración, la crítica, el diálogo; sino la escritura, la respuesta, el acto de representación concreto, la respuesta desafiante articulada como un puente tendido, un puente imposible, colgado sobre el vacío del ser que nos abisma.

Quiero creer que la diferencia entre un poeta que escribe un poema sobre una muchacha que cosecha, haciendo el amor con sus propios recuerdos y un caballito de mar que danza bajo las olas durante horas para ser fecundado, no es tanto una diferencia de cualidad, sino una de magnitud, dirección y evolución epigenética.

Y después de tanto divagar y dialogar, aquí, mi respuesta:

These Are Examples of Metaphors

I’m a solitary reaper singing in love,
a seahorse dancing with your memory.

These are examples of metaphors,
I don’t mean to say I’m a seahorse
or a reaper singing in love, mind you,
I speak of us in an oblique way,
I say that even if it seems that all I do is write,
my writing is also harvesting and singing,
that remembering you is identical to the mating of seahorses
you once told me about,
those seahorses with tails coiled madly in love
dancing for hours under the sea and what have you,
but you see, these are just two shabby examples of metaphors
and at the end of the day words are worth nothing,
words are sadness and the sadness I feel is nothing but a metaphor,
nothing else than not knowing that nothing, but wait…

nothing else than not knowing anything while staring emptily out of the window knowing that no-one will ever know nothing never no, let me start again…

sadness is nothing else than not knowing anything staring out of the window knowing that no-one will ever know nothing ever…

sadness is our staring emptily at nothingness and forever-naughts growing never-endingly for no purpose whatsoever…

sadness is us walking out into the void, staying out in the open, nihillistically raking up love but knowing that there will never be anything to be found, that anyone knows that nothing
nada
zilch
metaphors is all that will ever come out of raking or writing
I’m a solitary reaper singing in love,
a seahorse dancing with your memory,
but dancing and writing and living nevertheless,
thinking
someone,
sometime,
somewhere,
perhaps,
anyway.

(“These Are Examples of Metaphors” first appeared in the now defunct collaborative online journal Dictionarybydefault (2008) [Germany])

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