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Este viaje nuestro es una tristeza que no sabría decir.

Las avenidas permutadas en concierto de luces,
El claxon del auto que enfila hacia lugares desconocidos,
La sala del cinematógrafo en silencio.
Ni yo mismo soy libre al fluir.
Lento. Cambiante.
Es una tristeza que confabula,
un tambor en una sala vacía,
un túnel transparente y el ascensor que se eleva,
asciende
y sube
hacia lo más hondo para proferir palabras que cristalizan
sobre la palma de tu mano,
cristales que podrás
archivar
clasificar
recuperar
destruir.
Esta tristeza…
yo no sabría decir qué, o cómo,
pero sí, esta tristeza revienta
en las cuencas de los faros de los autobuses,
se encarama sobre los carteles pragmáticos:
Compra
Vende
Tristeza.
En el humo ensordecedor
o en la vereda de grifos que barbotan amor por la Montería.
En la plaza desapacible, armada de lápices gigantescos,
en la estría que conduce a mi habitación,
el lento ascenso de tres pisos de tristeza
para después aclarar mi cara con ella,
secarme con ella,
abrirla y meterme y cubrirme con ella
y dormirme hasta despertar.

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