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Como a una sublimación del deseo
yo te miro, sentada con tu falda de leche,
tus tobillos oscilando como galápagos
que reptan por la arena negra para desovar.

Yo te miro
desde este ojo de buey,
bebiendo ginebra en el camarote,
pensando por qué
has tenido que
rozar mi dedo índice
distraídamente,

por error,
con tus manitas de
broma.

Supongo que entonces lo supe:
es imposible no mirar
tu boca quebrándose
hasta tus dientes blancos.

 

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