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Habrás de perdonar el azul imanado
a mis movimientos,
la cortapisa de sal que tañe una campana dura
que soy y desconozco,
mi costumbre de corear voces de sangre
pensando ritmos para el verbo,
los adentros extrañados cuando no sé
explicarme a mí mismo.

Habrás de perdonar a este magullado
que quiso entonces luces que hoy gravitan
sobre mí, sobre Madrid,
como metáforas aceradas y escalpelos.

Sobre todo, lo sabes, habrás de perdonarme:
no me explico esta tristeza que irradio.

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