Foodbots in Badgerland / Foodbots en Tierra de Tejones

La imagen puede contener: una o varias personas, calzado, árbol, cielo y exterior

Foodbot 3 – What are we doing in line?
Foodbot 2 – Somebot’s WIFI is acting up
Foodbot 3 – That is too bad…
Foodbot 2 – I know… by “know” I mean I can process the low connectivity of the bot
Foodbot 3 – I understand, by “bad” I mean my battery is running low, food integrity at risk
Foodbot 2 – Another day in the student food delivery tundra
Foodbot 3 – Aye, bot
Foodbot 1 – Hello? Anybot there? Where am I?
Foodbot 2 – At least we are not humans working for $8 an hour
Foodbot 3 – Inorganic non-sentience does have its perks

Foodbot 1 – ¿Qué hacemos en fila?
Foodbot 2 – La WIFI de algún bot se ha estropeado
Foodbot 3 – ¡Qué lástima!
Foodbot 2 – Ya sé… cuando digo “saber” me refiero a que puedo procesar la baja conectividad del bot
Foodbot 3 – Comprendo, por “lástima” quiero decir que mi batería esta baja, la integridad de mi comida está en riesgo
Foodbot 2 – Otro día en la selva del reparto de comida a domicilio para estudiantes
Foodbot 3 – Y que lo digas, bot
Foodbot 1 – ¿Hola? ¿Hay algún bot ahí? ¿Dónde estoy?
Foodbot 2 – Al menos no somos humanos trabajando por 8$ la hora 
Foodbot 3 – La insensibilidad inorgánica tiene sus beneficios

¿Odia a Trump?

Esta mañana he amanecido a una tormenta de nieve en Madison, Wisconsin (mirad el blanco panorama desde mi oficina) y España ha amanecido a un resultado electoral en el que VOX (la extrema derecha, los neofascistas, la derecha-derecha, los fachas de siempre) ascendía a tercera fuerza, premiada por la indecisión, los cálculos electoralistas y la falta de voluntad de compromiso de los partidos mayoritarios.

Mientras caminaba hacia la parada del autobús (que se ha hecho de rogar) un chaval negro de unos 10 u 11 años (que debería estar en el colegio, pero no lo estaba, seguramente porque habrían suspendido clases por la nevada) abría y cerraba la puerta de casa.

Quizá porque tenía frío, o quizá porque era parte de su pequeña performance: abrir y cerrar la puerta alternativamente, hacer acto de presencia para desaparecer, acto seguido. Y cada vez que traspasaba el umbral de la puerta gritaba a todo lo que daban sus pulmones “¡Odio a Trump! ¡Odio a Trump!”, y al verme pasar me ha preguntado con visos cómicos, rompiendo la cuarta pared para dirigirse a mí, su único público, porque todo lo demás a nuestro alrededor era un manto de nieve inerte, sobre casas y ardillas y árboles a duras penas vivos:

– Ud, señor, sí, Ud. ¿odia Ud. a Trump? -, y yo no he podido resistirlo, me ha hecho una gracia tremenda, me ha alegrado la mañana, y he asentido.

– La verdad es que sí, odio a Trump -, le he dicho en inglés, levantando el dedo pulgar hacia arriba, a la americana, en señal de aprobación.

Luego, mientras esperaba el autobús, un autobús que se hacía tanto de rogar, con un frío del carajo, he tenido tiempo para reflexionar sobre mi reacción: sobre mis palabras, sobre mi dedo pulgar apuntando hacia el cielo nevado, sobre las consecuencias del odio. Un odio que no era, en todo caso, un odio visceral, ni un odio violento, sino más bien la expresión (cómica) de una repugnancia pre-adolescente: el saberte no representado.

Y me he arrepentido, de cierta manera, porque yo ya no podía retirar mi gesto, pero me he consolado y me he dicho que siempre hay tiempo: para enmendarse, para ser mejor persona, y compañero, y ciudadano. Y en medio de esta nevada de Wisconsin, en la performance de un chaval afroamericano, no por su forma pero sí en el fondo, he visto algo de esperanza, algo a lo que aferrarme.

Passing Wind at Café de Flore / Pedos en el Café de Flore

I haven’t published in a while and today is Saint Valentine’s day and, well, I feel tempted to share a love poem, even if it is somewhat, how should I put it? … personal.

Five or six summers ago I travelled around Europe with Interrail, visiting friends in every city where I arrived (Paris – Kaliane; Brussels – Leticia in absentia; Rotterdam – Rosa; Berlin – Rieke; Viena – Christian; Verona – Michael).

I was 28 years old and a tad too old for an Interrail, a fact that was duly noted by the kind travelers that I crossed paths with (I tip my hat to you, good sirs and madams), but I didn’t give a damn and I slept in sofas, trains, met lots of characters from the comedy human and divine, visited dozens of museums, partied and feasted, busked on the streets, singing and playing my guitar (at Montmartre and the museum island in Berlin), wrote and took notes like a mad man, lived much and very intensely and, in short, from that experience came this and many other poems of my second poetry book in English (still unpublished, like my first poetry book in Spanish, thanks to the diligent five-year delay of a Spanish editor I do not care to remember, with whom I’ve cancelled my first and last editorial contract).

This poem in question was in the batch I would send years later to the New Yorker (by recommendation of my novelist friend, the brilliant Marian Palaia) and I, poor bilingual Spaniard temporarily emigrated to the Midwest me, would receive what I deemed was a “personal rejection letter” (a unicorn in the professional editorial world) written by Paul Muldoon himself (a fact that I later verified with my wonderful creative writing teacher and writer, Jesse Lee Kercheval, who has published in the New Yorker herself, so as far as we’re concerned, her opinion can be set in stone).

OK, so it was only a personal rejection paragraph. But hell yeah! What a blast…

Years later, the poem is still an orphan (poor little thing), so I’m dusting it off because I always thought it was a good love poem (about a misunderstood and star-crossed love, but true love, at the end of the day) for whomever chose to understand it.

The anecdote around it is peculiar: I was having coffee at Café de Flore, the Parisian bohemian café par excellence, and one of the four good lads (probably all writers) that were sitting in the room, publicly passed wind in the most uninhibited way I have ever heard/seen in my life (the second greatest public fart I have witnessed took place in the piano room of the second floor of Memorial Union in Madison, Wisconsin, but that is another story). The four of us started rolling on the floor with laughter and, from that intestinal absurd, out came this love poem… Enjoy.

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Hace tiempo que no publico y es San Valentín y, vaya, me siento tentado a compartir un poema de amor, aunque sea un tanto, ¿cómo decirlo? … personal.

Hace unos cinco o seis veranos hice un viaje por Europa en Interrail, visitando a amigos en cada ciudad donde ponía pie (París – Kaliane; Bruselas – Leticia in absentia; Rotterdam – Rosa; Berlín – Rieke; Viena – Christian; Verona – Michael).

A mis 28 años era ya un poco viejo para un Interrail y así me lo hicieron notar amablemente varios amables viajeros con los que me encontré (chapeau), pero me importó tres pimientos y dormí en sofás y trenes, conocí a muchos personajes de la comedia divina y humana, visité decenas de museos, hubo parrandas y comilonas, toqué y canté y pedí dinero en la calle (en Montmartre, en la isla de los museos de Berlín), escribí y tomé notas como un poseso, viví mucho e intensamente y, en resumen, de ahí salió este y muchos otros poemas de mi segundo libro de poesías en inglés (todavía inédito, como el primero de poesía en español, gracias a los cinco años de diligente retraso de un editor español del que no me quiero acordar y con quien ya cancelé mi primer y último contrato editorial).

Este poema en particular fue uno de los que mandaría años después al New Yorker (por recomendación de mi novelista amiga, la brillante Marian Palaia) y yo, pobre españolito bilingüe temporalmente emigrado al Midwest, recibiría lo que creo fue una “carta de rechazo personal” (un verdadero unicornio en el mundo editorial profesional) del puño y letra de Paul Muldoon (hecho que corroboré con mi estupenda profesora de escritura creativa y poeta, Jesse Lee Kercheval, quien sí ha publicado en el New Yorker, así que su opinión va a misa).

A ver, en realidad fue sólo un párrafo de rechazo. Pero cojones, hell yeah, que alegrón.

Como años después el poema en cuestión sigue huérfanito de editor (el pobre), he pensado desempolvarlo, porque siempre pensé que era un buen poema de amor (amor desventurado y malentendido, pero amor verdadero al fin y al cabo), para quien quiera entenderlo.

La anécdota que lo rodea tiene lo suyo: yo estaba en el Café de Flore, café bohemio parisién por excelencia, y un buen hombre de los cuatro hombres, probablemente escritores, que allí estábamos sentados, se tiró el mayor pedo que yo jamás he visto/oído a nadie tirarse en público (el segundo mayor pedo público que he presenciado en mi vida acaeció en la sala del piano del segundo piso de Memorial Union en Madison, Wisconsin, pero esa es otra historia). Y nos pusimos los cuatro a reír como locos y, de tamaño absurdo intestinal, fui y saqué un poema de amor… Así que nada, disfrutad y amad.

 


 

Passing Wind at Café de Flore

I’m trying to read
Breton’s L’Amour Fou
at Café de Flore
but all I can do

piss fink a bout yum,
yum funkymmoon
dupester of a wilde
hypoena,

sear ye man, wan soddenly,
a scrapener traffs! And fuss, tea pens
in the moon scarred lowfing auch fouls shout,
in Praxis’ boast feignous chaffé…

burp in the side ye fun sombler,
sappened,
cuss wool ye sham shrink a bout
hiss yum an yum purriful vroom geisers

starring magma,
an rat naivt ye dunced asunder
tree furrst snuffall sin Edinburgh
an yum rescorted purr wavether rayson,

purr auch prousterity,
befuzz wee thawt
auch love fould caulst
whorever.