En las gradas del Madison Square Garden hay un joven imberbe llamado Justin Bieber. Creo que canta. Me entero porque una chica con una camiseta de baloncesto se acerca temblando al joven y vuelve temblando a su sitio con un teléfono en la mano que agarra como una estampita temblorosa. No puede evitarlo. Supongo que le pidió un autógrafo o se hizo una foto con él. La cámara enfoca el asunto y me informa.

En un partido de baloncesto ocurren muchas cosas. Por ejemplo, Mike D’Antoni intenta enderezar el partido contra Dallas, me temo que con poco éxito.

Ocurre también que Spike Lee está vestido de fan apasionado y a punto está de saltar a la pista cuando le molesta una decisión arbitral. Juraría que intenta despistar a los jugadores de Dallas cuando pasan frente a él. La verdad es que no es nada nuevo. Ya se conocían las pasiones del director cuando los Knicks, en otra vida, se jugaban algo contra Reggie Miller. Cómo me gustaba Reggie Miller.

En realidad hoy quería escribir del Hotel Drake, pero me distraje con el partido y con Justin Bieber. Quería escribir del Hotel Drake y de las clases de baile.

Una vez, hace varios años, dormí un par de noches en el Hotel Drake. En realidad no sabía que era el Hotel Drake porque entonces se llamaba Swisshotel, o así lo conocía yo. Era un hotel pequeño y tranquilo en la calle 56 con Park Avenue.

No sabía que el Swisshotel se había construido sobre el Hotel Drake. Me enteré después.

Bernard Shor, propietario de un restaurante de referencia de la vida neoyorquina durante los años 40 y 50, vivió allí con su familia en sus últimos años. Había vendido su restaurante (Toots Shor) y resuelto los problemas fiscales que menguaron su fortuna. Leí la historia de Bernard, al que nadie llamaba así, y pensé en el Drake, que ya no existe.

Shor no fue su único inquilino de relumbrón. Como ocurría en otros hoteles de la ciudad -quizá el más emblemático el nostálgico y tristón Chelsea Hotel, que ahí sigue en pie- el Drake tenía huéspedes permanentes. Fue también durante alguna temporada la casa de Frank Sinatra, de Muhammed Ali, de Judy Garland.

Llegaron los años 80 y se convirtió en el Swisshotel. Todavía no sabía esta historia cuando estuve por última vez en una de sus habitaciones. Alguien me comentó entonces que lo iban a vender para construir apartamentos. Lo demolieron en 2007.

Queda el Hotel Drake de Chicago, en la Avenida Michigan desde los años veinte del siglo pasado. En el Hotel Drake de Chicago se podía aprender a bailar. Lo anunciaba la revista Life en un número de 1941. Últimamente pierdo el tiempo viendo número antiguos de Life, de Sports Illustrated, de Baseball Digest.

El anuncio: “Si puedes hacer este paso, podemos hacer de ti un buen bailarín en seis horas”. Vaya, si lo llego a saber.

(Nota meteorológica, para no faltar a la misión de este blog: hoy amaneció todo cubierto de hielo y fue el Día de la Marmota. Lo vi en directo por el canal NY1. Las cosas importantes hay que verlas en directo).

(Foto: Scene at square dance in rural home in McIntosh County, Oklahoma, 1939 o 1940. Farm Security Administration – Office of War Information Collection 11671-22 (DLC) 93845501)

Harmony Korine iba con sus amigos a Washington Square Park, Manhattan. Llevaban su monopatín (graciosa palabra). Se despeñarían por las escaleras. Un día Larry Clark, el fotógrafo de Tulsa, se fijó en ellos.

La historia ya se conoce, incluso la reproduce wikipedia: Korine le enseñó un guión de 35 páginas sobre un chico que visita un prostíbulo con su padre el día que cumple 13 años. Larry Clark le pidió que escribiera una nueva historia sobre skaters y que incluyera una trama sobre el sida.El guión se conviritió en “Kids”, estrenada en 1995, la primera de una serie de películas brutales de Clark sobre la adolescencia.

Después Korine ha estado detrás de otros guiones y se ha hecho un nombre (de culto) en el cine independiente. Un documental de 2008 le puso nombre a él y a los que siguieron su misma suerte: los bellos perdedores.

‘Beautiful Losers’ (2008) retrata a una generación de artistas de distintas disciplinas (fotografía, moda, música, ilustración, diseño gráfico, cine) que empezaron en la calle, sin pretensiones, y lograron un impacto social y un éxito comercial nada desdeñable (en algunos casos, incluso increíble, como el caso de Fairey y su retrato de Obama). En el documental hay entrevistas con Shepard Fairey, Margaret Kilgallen, Barry McGee, Jo Jackson…

También aparece Deanna Templeton. En su serie “Tu logo aquí” fotografía a jóvenes en Southern California con imágenes o textos escritos sobre su piel. La tendencia, dice, se llama “body logo’s”. Su último proyecto es una serie de imágenes de desnudos bajo el agua de una piscina. La felicidad, supongo.

Sobre Fairey: el año pasado le cedieron el enorme espacio en el límite del SoHo y del Bowery donde había estado un famoso graffiti de Keith Haring. Fairey pintó uno de sus conocidos murales. A los pocos días estaba cubierto de firmas de graffiti. El arte callejero es muy cruel.

(Foto: Deanna Templeton, “Your logo here”)

La tienda y el pastrami

19 enero, 2011

El chico filipino no libra nunca. Está siempre en la tienda, con la televisión encendida. Ve Los Simpsons, un concurso de baile, las noticias del tiempo, el fútbol americano durante los fines de semana, el béisbol en verano. Tiene una pequeña televisión plana que satura los colores. Todo es rojo y naranja.

La tienda es un estrecho y alargado cuarto como un vagón de metro, iluminado por luces blancas de neón, en los pasillos de un enorme edificio de la calle 77, barrio de Yorkville, Manhattan. Hay de todo. Leche de Nueva York. Huevos de granja, de gallinas felices. Cereales. Leche infantil. Chocolate Godiva.

Los días de tormenta el joven filipino llega un poco más tarde, pero llega. Cada cierto tiempo cuelga un cartel en la puerta y desaparece durante un rato. Vuelve en cinco minutos. Tiene un concepto elástico del tiempo.

Es hijo de filipinos, pero nacido en Estados Unidos. No sé en qué parte de Nueva York vive. Habla poco. Es siempre muy amable y habla poco.

Un día empezó a decirme palabras sueltas en español: “hola”, “buenos días”, “gracias”. Me contó entonces que sus padres son filipinos y que hablan español, pero él no sabe más que unas pocas palabras. Se cubre la cabeza con una gorra. Casi se oculta bajo la gorra.

El chico filipino prepara bocadillos. Un día entró una mujer y le pidió varios y uno de su especialidad. Recalcó lo de “su especialidad” y sonreía al decirlo. El amable dependiente fue a la máquina de cortar fiambre y volvió al cabo de un rato con unas lonchas de pastrami cortadas muy finas. Parecía que había cortado cada una con cuidado, con el mismo grosor. Como decía el escritor, cada uno tiene sus joyas, que pueden ser diamantes o pulgas.

Junto a la caja registradora hay chocolate y una enorme cacerola de color negro, siempre hirviendo. El chico filipino sirve la sopa en unos recipientes de cartón. “Adiós”, dice. Sonríe.

(Ilustración: © tanuki drawings)

El High Line y Melville

12 enero, 2011

Spike Lee, citado en una crónica de 2008: “Voy a Florent desde 1986, siempre que puedo. Pero todo el vecindario ha cambiado. Antes había travestis y transexuales en cada esquina. ¿Ahora? Olvídate. Gansevoort Street, toda la zona, es una locura. Es como todo en Nueva York. Es como el SoHo y cualquier cosa que se pone de ‘moda’ ['hot]. Y lo pongo entre comillas. ‘Moda’”.

Gansevoort Street: llamada así en honor de Peter Gansevoort, reputado militar descendiente de la aristocracia holandesa de Albany (wikipedia). Era el abuelo materno de Herman Melville.

Entre 1866 y 1885 el propio Melville, nacido en Nueva York, vivió en el vecindario. Ya había escrito Moby Dick (1851), que había resultado un fracaso comercial. Las críticas habían sido malas. Logró un trabajo como inspector de aduanas y se mudó al barrio. Siguió escribiendo, con poco éxito.

Murió en 1891, casi en el olvido, con el honor de ser considerado el único empleado honrado de aduanas. En su antigua casa (104 East 26th street) hay una placa.

Años después se construyeron las vías elevadas de la High Line. Se estrenó en 1934 y llegaba hasta Spring Street. Conectaba con las fábricas, mataderos y almacenes de alimentos y productos alimenticios de la zona, en el oeste de Manhattan, frente al Hudson. La diseñaron sobre el nivel de la calle para que permitiera la carga y descarga sin interrumpir el tráfico.

Con el tiempo las nuevas autopistas para camiones se comieron su espacio. En 1980, un tren cargado de pavos congelados cruzó por última vez las vías. Tenían que ser pavos congelados.

La hierba creció entre las traviesas y se descuidó su aspecto. También fueron los años difíciles del vecindario. El Meatpacking District, que a principios del siglo XX era la sede de los mataderos de la ciudad, en los años 80 era un centro de drogas y prostitución.

Quedan 30 mataderos, coinciden las crónicas, pero la sede del sector en Nueva York es ahora el Bronx. Hubo 250. La apertura en 1985 del Restaurant Florent que cita Spike Lee se considera uno de los primeros signos de aburguesamiento [gentrification] del barrio. El restaurante cerró en 2008.

La High Line sobrevivió, como las obras póstumas.

Los vecinos la cuidaron y la promovieron. El barrio inició su transformación y comenzó a atraer a diseñadores, artistas, galerías, clubs, tiendas de ropa. Una crónica del NYT de 2001 dice que, al menos en teoría, entonces era posible cruzarse con Manolo Blahnik, que supongo emocionante.

Creo que el barrio aparece con frecuencia en Sex and the City, pero no he tenido tiempo de comprobarlo. Ahora entiendo a Spike Lee. Otro apunte: Google tiene al menos 2.000 empleados en la zona (y donó un millón de dólares a la Campaña por la High Line).

El barrio está vivo. El nuevo High Line, el parque impulsado por los ciudadanos sobre las antiguas vías entre las calles 12 y 20 del oeste de Manhattan, duplicará su extensión la próxima primavera. Se estirará de West 20th a West 30th. Diez calles más. A principios del mes de diciembre se mostraron las imágenes de los progresos entre la calles 22 y 23, un espacio con hierba que ocupa la antigua vía de tren adyacente a la principal. Era una zona de carga que conectaba con un almacén (foto superior).

En fin, llegó este invierno. Las frutas del “Winter Red winterberry holly” (Ilex verticillata ‘Winter Red’, segunda imagen) son las favoritas de los pájaros, cuentan.

(Fotos: www.thehighline.org/blog)

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