Bill Keller y el debate sobre Wikileaks

4 febrero, 2011

Soprenden, en el ritmo de la actualidad, estas palabras de Bill Keller: “Todavía recibo mensajes que me acusan de ser un antipatriota hijo de puta”. Habla sobre Wikileaks, un asunto que se ha convertido en un género periodístico.

Keller es el director del New York Times y antes un reportero de largo oficio, ganador en 1989 de un Premio Pulitzer por su cobertura sobre la desaparición de la Unión Soviética. Resulta curioso que los dos principales directores de medios neoyorquinos, Keller en el NYT y David Remnick en el New Yorker, hayan sido corresponsales en Moscú. Los dos ganaron también un Pulitzer por su trabajo de entonces.

Ayer tuve la oportunidad de hablar con Keller después de escuchar un debate en la Universidad de Columbia. Me pareció un reportero curtido. Elige con cuidado sus palabras y habla con claridad. No dramatiza.

Dice que recibe mensajes como el que cito en el primer párrafo, pero no levanta la voz. Explica también, con una sonrisa, que no tiene ni la más remota idea de lo que va a publicar cada día la sección de opinión, o si la cobertura del ‘cablegate’ contradice en algún momento las páginas editoriales. “No es mi dominio”, dice sonriente. En fin, sigue pareciendo un reportero.

El debate se celebró en la majestuosa Low Memorial Library, el edificio más representativo de la Universidad de Columbia en el campus de Morningside Heights, al norte de Manhattan. Es un enorme edificio de estilo neoclásico rematado con una bóveda de granito que se dice la mayor del país. En los estrechos caminos que lo circundan se amontona la nieve helada. Se acumulan las nevadas unas sobre otras en Nueva York en este invierno de temporal. El frío era afilado.

Junto a Keller estaban Alan Rudsbridger, director de The Guardian, y Jack Goldsmith, de la Facultad de Derecho de Harvard y asistente del Fiscal del Estado durante la administración Bush.

Emily Bell, directora desde hace menos de un año del nuevo centro de periodismo digital de Columbia, moderaba un nuevo debate sobre Wikileaks, la página sin fronteras ni sede conocida. Se habló tanto de los papeles de Wikileaks como de su naturaleza y su influencia en el periodismo. También, claro, de Julian Assange, el hombre detrás de Wikileaks.

New York Times y Guardian han participado en la difusión de las filtraciones de Wikileaks desde sus primeros acuerdos con medios de comunicación. Keller ha publicado un largo artículo donde expone con detalle su experiencia: “Dealing with Assange and the Wikileaks Secrets”.

El texto analiza con claridad el devenir de la relación con Assange y su esquiva personalidad, las ambiciones de unos y otros, los errores en los que pueda haber incurrido el NYT en otras ocasiones y la perspectiva que arrojan sobre las decisiones del complejo e imprevisible presente, un aspecto especialmente interesante. Entiendo que es un artículo de referencia.

Lo recogió primero la revista dominical del NYT y se ha convertido en el prólogo de un libro en formato electrónico que acaba de publicar el diario de Nueva York. Recoge la cobertura completa y actualizada de los papeles de Wikileaks y el debate que ha suscitado.

‘The Guardian’ ha publicado otro libro similar. Se llama “Wikileaks: Inside Julian Assange’s War on Secrecy”. El Guardian, a pesar de la distancia y a diferencia del Times, mantiene contacto permanente con Assange.

Bien, está todo escrito. Cientos de páginas. Pero el debate en torno a Wikileaks continúa.

El edificio de la Universidad de Columbia estaba lleno a las siete de la tarde de la helada noche de un jueves. ¿Qué provoca tanta fascinación? ¿Es Julian Assange, de quien Rudsbridger dice que aparece y desaparece de la escena sin que puedas evitarlo? ¿La transparencia o, más bien, la falta de transparencia de los Gobiernos y, en general, de las estructuras de poder? ¿La crisis de los medios y su  evolución? ¿Los tiempos que nos tocan vivir?

Resalto sólo tres cosas, el resto entiendo que está todo en los libros que publican el Times y Guardian y en la cobertura de los últimos meses.

Sobre Assange, unas palabras de Rudsbridger acerca de su personalidad: “Es muchas cosas. Se pone distintos gorros”, dice.

Unas veces, afirma el director del Guardian, Assange es un activista, otras un hacker, otras una fuente y en ocasiones quiere ser el editor de un medio. Empieza una reunión visiblemente enfadado y la acaba tranquilo y sonriente.

Keller no lo conoce personalmente, sus contactos con él han sido telefónicos. Lo considera una fuente a la que escucha, dijo, con cautela.

Sobre la influencia de Wikileaks en el sector: Keller considera que ha acelerado algunos procesos que en realidad estaban en marcha, de una forma u otra, desde hacía una década. Sobre todo, la adopción y  el desarrollo de nuevas herramientas tecnológicas y habilidades para manejar y descifrar grandes bases de datos. Rudsbridger coincide.

Keller insiste también: todavía se sabe muy poco de los últimos papeles de Wikileaks, el conocido como ‘cablegate’. Un equipo del New York Times sigue analizándolos.

Tercer punto: la colaboración entre medios de distintos países (entre ellos, en España, El País). Según las palabras que se escucharon ayer son colaboraciones estratégicas que surgieron sobre todo por cuestiones legales y tecnológicas. La tecnología, de nuevo, como factor clave del futuro de los medios y su desarrollo.

La colaboración entre el Guardian y el Times fue especialmente estrecha al principio, cuentan los dos directores, con el propósito inicial de analizar entre los dos medios la veracidad de las filtraciones de Wikileaks sobre Afganistán e Irak, pero es independiente del posterior escrutinio de la documentación. Cada uno publica lo que considera.

Y una nota sobre el debate: palabras claras, precisas, poco ruido, nada de promoción innecesaria. Emily Bell intervino para hacer preguntas concretas y complicadas, como las presiones del Gobierno estadounidense o la decisión de publicar unos papeles u otros. Se respondieron.

A veces es posible disfrutar en un debate sobre el periodismo y los medios de comunicación.

(Nota: Esta semana falleció Jaime Salinas, un nombre que recuerdo detrás de tantos libros. Vivió en Estados Unidos y murió en Islandia, dos razones más para sentir aprecio por él).

(Foto: Memorial Low Library, George Eastman House Collection)

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