Escritor en Buchenwald

8 junio, 2011

En abril de 2010 escribí este breve texto sobre Jorge Semprún. Lo recupero con motivo de su muerte:

“Durante un tiempo leí a Jorge Semprún. Me interesaba su experiencia en el campo de concentración de Buchenwald, el destierro y el testimonio del hombre sin patria (si existe eso en realidad: ya se sabe que la patria es la infancia). En sus libros construía un relato al mismo tiempo nostálgico e histórico. Eran pura memoria personal, familiar, del hombre y el tiempo que le toca vivir.

En uno de ellos, no recuerdo cuál, contaba el paseo que daba de niño en París, recién llegado con su familia de España, y su primera experiencia del exilio. Hay otro, llamado ‘Aquel Domingo’ pero escrito originalmente en francés como gran parte de su obra, donde vuelve a sus recuerdos infantiles. Quizá sean el mismo.

Otro gran título para la memoria: “Adiós, luz de veranos”. Los relatos siguen pautas similares: largas digresiones, referencias literarias e históricas, la profunda raíz de los idiomas de su vida.

Su libro más conocido es “La escritura o la vida” (1994). El dilema se plantea como un desgarro. En realidad, Semprún escribe sobre su experiencia en el campo de concentración de Buchenwald porque no le queda más remedio. No hay elección, el dilema es artificial. Escribe, recuerda, vive o malvive al mismo tiempo, agarrado a la memoria y a la narración de los recuerdos.

El libro me resultó apabullante cuando lo leí. Tengo que volver a buscarlo. Quiero volver a leer las tristes descripciones de Buchenwald “bajo el viento glacial del Ettersberg”. Insisto: me impresionó.

Una vez estuve por ahí, en un viejo hotel de montaña, con las vigas de madera y la frialdad de Baviera. No dejaba de pensar en el humo de Buchenwald.

Semprún volverá al campo de concentración el 11 de abril. En un artículo publicado en El País lo anuncia, si puede considerarse esto un anuncio, y se despide: “Por última vez, pues el 11 de abril, ni resignado a morir ni angustiado por la muerte o, por el contrario, en su grisácea insipidez -que en este caso concreto son la misma cosa-, por última vez, diré lo que creo que tengo que decir”.

Dirá que lo que tiene que decir, que ya es mucho decir. El artículo continúa y se cita a Edmund Husserl en Viena en 1935: “El mayor peligro para Europa es el cansancio”.

Qué oportuno en este mes de abril, con la llegada de la primavera”.

La última vez que aterricé en Nueva York, hace unas semanas, estaba nevando. Siempre le pido al taxista que evite la autopista y que sigamos el camino de Jamaica, Queens, por las estrechas carreteras que dejan a los lados las casas familiares donde cuelgan a la vista los adornos navideños en diciembre y la bandera el 4 de julio. Hace años, cuenta Stephen Jay Gould, los niños en Queens pasaban la tarde en la calle jugando a algún sucedáneo de béisbol.

Ya no juegan en la calle, todo es ‘playdates’. Unos pocos niños se citan, con sus madres, en una casa. La destrozan durante un par de horas y comen pizza. Las madres asisten al incendio como Nerón a la quema de Roma, mientras acarician la lira.

Hace unos días fuimos al parque. No conozco los bares de Nueva York, pero creo que conozco todos los parques. Había, milagro, algunos rayos de sol en este invierno tan largo que todavía continúa. Me senté en un banco mientras mi hijo jugaba.

Veo a los niños jugar, a sus padres correr. Un niño nos vendió, por el módico precio de un cuarto de dólar, un dibujo del Empire State sobre una llamativa hoja de color amarillo. Tenía muchos dibujos sobre hojas de colores y paseaba por el parque buscando compradores. Estuvimos un par de horas. Como un viaje en tren.

Cantan Simon & Garfunkel: “Voices leaking from a sad cafe / Smiling faces try to understand / I saw a shadow touch a shadow’s hand /On Bleecker Street”.

Junto a Bleecker Street compramos material de dibujo, comemos hamburguesas, paseamos los fines de semana. Éste es el pequeño Nueva York que conozco.

Notas de Fukushima

14 marzo, 2011

Desde el pasado viernes estoy pegado a las noticias sobre el terremoto de Japón. Viví allí entre 2002 y 2004 y viajo todos los años al menos en una ocasión desde hace ya una década. En Japón nació Tana. Su familia vive allí. Nuestros dos hijos tienen nombre japonés. Tengo aprecio personal y relación familiar con el país.

Las noticias son terribles. Hemos estados varios días observando el desarrollo de los acontecimientos y hemos decidido crear un pequeño blog donde incluiremos noticias, testimonios, enlaces y reacciones sobre el terremoto.

Me gustaría que la página fuera un pequeño repositorio del suceso. Poco a poco colgaremos textos que nos envíen familiares y amigos de Japón, artículos, cartas, imágenes.

Seguiré escribiendo en Cuaderno Americano: sobre baloncesto, sobre el tiempo (todavía no despunta la primavera), sobre la fantástica ciudad de Nueva York. Pero estaré ocupado también con “Notas de Fukushima”.

Hank Jones y la nieve

8 marzo, 2011

Se está acabando el invierno. Quizá no haya más nevadas. Lo comentaba el otro día en el ascensor con un vecino. Vivimos en el mismo piso, pero no nos habíamos visto nunca. “¿Cuáles son las probabilidades de que esto ocurra, eh?”, me dijo.

Llovía con fuerza, sin parar. Llovió durante todo el domingo. No se podía salir a la calle.

“Al menos no nieva”, dije. “No te confíes”, me respondió, y me dejó pensativo. Quizá quede otra nevada más antes de la primavera.

La fotografía de arriba es de Union Square en algún momento entre 1910 y 1915. Se llama: “Escena de nieve”.

La última nevada de este invierno la recuerdo en el mismo lugar, una noche después de cenar en un restaurante italiano de Madison Square Park. Salí, paseé y me encontré todo nevado, cubierto por la nieve y silencioso. Desde entonces estamos contando los días para la primavera.

Ah, los Knicks: en los últimos partidos empieza a parecer un equipo serio, de verdad. Me gusta el juego colectivo, los tiros precisos, la defensa intensa. Tengo que conseguir entradas para los playoff. Esta temporada he intentado ver dos partidos en el estadio: contra los Clippers y contra los Lakers, los dos partidos angelinos. No había entradas y todavía no había llegado ‘Melo.

Ah, y Hank Jones: veo en el canal 25 (Time Warner cable) una clase magistral que dio en Julliard en algún momento de 2004. Jones interpreta a Thelonious Monk, escucha a los estudiantes y elogia sus habilidades.

Los estudiantes muestra su virtuosismo. Corren sobre las teclas. Jones se sienta con parsimonia y sonríe mientras toca. Menos es más y no tiene nada que demostrar. Más que hablar, inspira.

Tengo en la estantería una biografía reciente de Thelonious Monk. Se publicó en 2009. El monje Telonio, ya he dicho otra vez, se tomaba el piano de forma literal como un instrumento de percusión. Cada día disfruto más con su música, con su aparente desdén por la posteridad, con su fidelidad a cada nota.

Los domingos leo a Frank Rich en el New York Times. Rich es analista de política nacional, antes crítico de teatro del periódico. Olviden los ejercicios de brillantez que con frecuencia se publican como columnas. No es el caso de Frank Rich. Sus textos son certeros.

Viene a cuento Rich esta vez porque ha anunciado que dejará el New York Times y a partir de junio escribirá en New York Magazine. En la página de información de medios de comunicación WWD explican lo que ha ocurrido. No me voy a poner ahora a hacer la crónica rosa de los medios de comunicación, que nadie se lleve las manos a la cabeza. Lo que me interesa es por qué un veterano y reputado columnista, reconocido por su excelente trabajo, busca nuevos aires y no sólo un retiro bien pagado.

Hace cinco semanas, cuenta WWD, Rich le escribió un correo a Adam Moss, director de New York Magazine y su amigo desde hace 24 años. Necesitaba hacer algo diferente. Le pidió consejo. Moss le ofreció que se uniera a la revista, como intentó y a punto estuvo de conseguir en 1994.

“¿Qué quieres que haga?”, le preguntó Rich.

Moss le propuso que escribiera una columna mensual -”casi una mini-revista”- y una vez a la semana en la página web de la publicación. A Rich le gustó y aceptó la propuesta. Así terminan 31 años en el New York Times, donde ha cuidado y enseñado a varias generaciones de redactores, y donde su papel como consejero se valoraba tanto como sus columnas.

Probablemente, después de 31 años la carrera de Rich necesitaba nuevos aires. Quizá, también, nuevos y apasionantes retos. Rich no quería dirigir. Quería escribir y estar en contacto con los lectores.

La reinvención de los periódicos en ocasiones puede ser muy sencilla. Quizá baste con alterar pequeñas rutinas y buscar nuevos huecos para los redactores, jóvenes y veteranos, donde puedan construir un diálogo acorde con las demandas actuales de los lectores, eso que Jay Rosen llama “la gente antes conocida como la audiencia”.

Por lo demás, sigue el invierno, sin nieve pero invierno.

Melo y el fichaje

23 febrero, 2011

El pasado verano Nueva York fue una representación de “Esperando a Godot”. Se esperaba a LeBron James, el superdotado jugador que parecía destinado a recuperar la gloria del baloncesto y el triunfo para la ciudad. Pero no llegó, como Godot.

Hubo portadas, vídeos de Spike Lee, deseos profundos y sentidos. Pero LeBron, que todavía no se ha quitado la cara de susto de los pasados playoff, no llegó. Se fue a Miami, donde el líder es Wade…

A finales de febrero, cuando empieza en realidad el campeonato de la NBA, Nueva York ha logrado remedar el fiasco del verano. Llega Carmelo Anthony, nacido en Red Hook (Brooklyn), un barrio que en los años 80 era conocido (la revista ‘Time’ dixit) como la capital del crack, esa droga que agujerea el cerebro como un prión afilado, y ahora está Ikea y varios signos de ‘gentrification’.  A Carmelo Anthony lo llaman Melo.

Es un jugador tremendo. Alguna información lo sitúa entre los 15 mejores jugadores de la NBA. Saldría de inicio en cualquier equipo. En cualquiera. Melo quería volver a Nueva York.

A cambio los Knicks han dado cuatro jugadores de la rotación y han recibido algunos jugadores que no parecen nada desdeñables: Billups, gran base y anotador; Brewer o Balkman, que ya dejó su constancia y dinamismo en los Knicks de pasadas y agitadas temporadas.

A algunos les parece mucho. ¿Alguien piensa que el equipo de Nueva York podía ganar a sus rivales del Este -Boston, Miami, Orlando, Chicago, Atlanta- con la plantilla que tenía? De eso se trata, de llegar a los playoff y ganar.

Melo llega a Nueva York. Ahora empieza lo bueno.

El baloncesto y el guateque

16 febrero, 2011

Cosas que pasan: ayer Dwayne Wade lanzó una pelota desde su canasta a la contraria como una flecha limpia y homicida. Fue un pase largo y perfecto de quarterback. Full-court Alley-oop. LeBron James recogió la pelota en el aire y la colocó con suavidad en el lugar correspondiente. Dos puntos. Un pase eterno y canasta. A veces el baloncesto es perfecto.

Otras noticias de actualidad: Obama entregó ayer a Bill Rusell la mayor condecoración civil  que se concede en Estados Unidos, la Presidential Medal of Freedom. Rusell ha sido uno de los gigantes de este deporte. Fue el icono de los Celtics de los años 60. Era un portento, entre otras cosas, defensivo. Se retiró con una media de 22,5 rebotes por partido.

Ayer se inclinaba como podía para que Obama, que tenía a Julius Erving como ídolo y se dedicó con vocación al baloncesto en sus años de instituto, algo que le honra, le colocara la medalla alrededor del cuello. Rusell contagia por televisión su bonhomía. Sonreía y caminaba con parsimonia. Pura elegancia del desaparecido Boston Garden.

Luego Obama pronunció un discurso. Su presidencia es un largo discurso para la posteridad.

Actualización de los meteoros: el lunes fue la temperatura más alta en Nueva York desde el uno de diciembre. Para compensar, hubo vientos huracanados y algo violentos, añado como comentario ligero.

Quiero decir también que hoy ha salido el sol. El día está claro y límpido. Además, ayer le dieron una medalla a Bill Rusell y eso es siempre motivo de celebración, jolgorio y guateque.

Guateque, primera acepción: “Fiesta casera, generalmente de gente joven, en que se merienda y se baila”. Vamos, una merendola desenfrenada. Acepción tercera: en Cuba, “fiesta campesina en la que se canta y se baila”. Una variante más del terruño.

Agenda: el fin de semana se juega en Los Angeles el All Star de la NBA. Cada vez que lo ponen volvemos a la infancia. Las estrellas de baloncesto se juntan durante un par de días y juegan como niños. El deporte es la infancia y la épica.

No se espera un discurso de Obama, pero nunca se sabe. Este hombre ve un atril y pronuncia un discurso.

Lástima que no juegue Julius Erving.

Soprenden, en el ritmo de la actualidad, estas palabras de Bill Keller: “Todavía recibo mensajes que me acusan de ser un antipatriota hijo de puta”. Habla sobre Wikileaks, un asunto que se ha convertido en un género periodístico.

Keller es el director del New York Times y antes un reportero de largo oficio, ganador en 1989 de un Premio Pulitzer por su cobertura sobre la desaparición de la Unión Soviética. Resulta curioso que los dos principales directores de medios neoyorquinos, Keller en el NYT y David Remnick en el New Yorker, hayan sido corresponsales en Moscú. Los dos ganaron también un Pulitzer por su trabajo de entonces.

Ayer tuve la oportunidad de hablar con Keller después de escuchar un debate en la Universidad de Columbia. Me pareció un reportero curtido. Elige con cuidado sus palabras y habla con claridad. No dramatiza.

Dice que recibe mensajes como el que cito en el primer párrafo, pero no levanta la voz. Explica también, con una sonrisa, que no tiene ni la más remota idea de lo que va a publicar cada día la sección de opinión, o si la cobertura del ‘cablegate’ contradice en algún momento las páginas editoriales. “No es mi dominio”, dice sonriente. En fin, sigue pareciendo un reportero.

El debate se celebró en la majestuosa Low Memorial Library, el edificio más representativo de la Universidad de Columbia en el campus de Morningside Heights, al norte de Manhattan. Es un enorme edificio de estilo neoclásico rematado con una bóveda de granito que se dice la mayor del país. En los estrechos caminos que lo circundan se amontona la nieve helada. Se acumulan las nevadas unas sobre otras en Nueva York en este invierno de temporal. El frío era afilado.

Junto a Keller estaban Alan Rudsbridger, director de The Guardian, y Jack Goldsmith, de la Facultad de Derecho de Harvard y asistente del Fiscal del Estado durante la administración Bush.

Emily Bell, directora desde hace menos de un año del nuevo centro de periodismo digital de Columbia, moderaba un nuevo debate sobre Wikileaks, la página sin fronteras ni sede conocida. Se habló tanto de los papeles de Wikileaks como de su naturaleza y su influencia en el periodismo. También, claro, de Julian Assange, el hombre detrás de Wikileaks.

New York Times y Guardian han participado en la difusión de las filtraciones de Wikileaks desde sus primeros acuerdos con medios de comunicación. Keller ha publicado un largo artículo donde expone con detalle su experiencia: “Dealing with Assange and the Wikileaks Secrets”.

El texto analiza con claridad el devenir de la relación con Assange y su esquiva personalidad, las ambiciones de unos y otros, los errores en los que pueda haber incurrido el NYT en otras ocasiones y la perspectiva que arrojan sobre las decisiones del complejo e imprevisible presente, un aspecto especialmente interesante. Entiendo que es un artículo de referencia.

Lo recogió primero la revista dominical del NYT y se ha convertido en el prólogo de un libro en formato electrónico que acaba de publicar el diario de Nueva York. Recoge la cobertura completa y actualizada de los papeles de Wikileaks y el debate que ha suscitado.

‘The Guardian’ ha publicado otro libro similar. Se llama “Wikileaks: Inside Julian Assange’s War on Secrecy”. El Guardian, a pesar de la distancia y a diferencia del Times, mantiene contacto permanente con Assange.

Bien, está todo escrito. Cientos de páginas. Pero el debate en torno a Wikileaks continúa.

El edificio de la Universidad de Columbia estaba lleno a las siete de la tarde de la helada noche de un jueves. ¿Qué provoca tanta fascinación? ¿Es Julian Assange, de quien Rudsbridger dice que aparece y desaparece de la escena sin que puedas evitarlo? ¿La transparencia o, más bien, la falta de transparencia de los Gobiernos y, en general, de las estructuras de poder? ¿La crisis de los medios y su  evolución? ¿Los tiempos que nos tocan vivir?

Resalto sólo tres cosas, el resto entiendo que está todo en los libros que publican el Times y Guardian y en la cobertura de los últimos meses.

Sobre Assange, unas palabras de Rudsbridger acerca de su personalidad: “Es muchas cosas. Se pone distintos gorros”, dice.

Unas veces, afirma el director del Guardian, Assange es un activista, otras un hacker, otras una fuente y en ocasiones quiere ser el editor de un medio. Empieza una reunión visiblemente enfadado y la acaba tranquilo y sonriente.

Keller no lo conoce personalmente, sus contactos con él han sido telefónicos. Lo considera una fuente a la que escucha, dijo, con cautela.

Sobre la influencia de Wikileaks en el sector: Keller considera que ha acelerado algunos procesos que en realidad estaban en marcha, de una forma u otra, desde hacía una década. Sobre todo, la adopción y  el desarrollo de nuevas herramientas tecnológicas y habilidades para manejar y descifrar grandes bases de datos. Rudsbridger coincide.

Keller insiste también: todavía se sabe muy poco de los últimos papeles de Wikileaks, el conocido como ‘cablegate’. Un equipo del New York Times sigue analizándolos.

Tercer punto: la colaboración entre medios de distintos países (entre ellos, en España, El País). Según las palabras que se escucharon ayer son colaboraciones estratégicas que surgieron sobre todo por cuestiones legales y tecnológicas. La tecnología, de nuevo, como factor clave del futuro de los medios y su desarrollo.

La colaboración entre el Guardian y el Times fue especialmente estrecha al principio, cuentan los dos directores, con el propósito inicial de analizar entre los dos medios la veracidad de las filtraciones de Wikileaks sobre Afganistán e Irak, pero es independiente del posterior escrutinio de la documentación. Cada uno publica lo que considera.

Y una nota sobre el debate: palabras claras, precisas, poco ruido, nada de promoción innecesaria. Emily Bell intervino para hacer preguntas concretas y complicadas, como las presiones del Gobierno estadounidense o la decisión de publicar unos papeles u otros. Se respondieron.

A veces es posible disfrutar en un debate sobre el periodismo y los medios de comunicación.

(Nota: Esta semana falleció Jaime Salinas, un nombre que recuerdo detrás de tantos libros. Vivió en Estados Unidos y murió en Islandia, dos razones más para sentir aprecio por él).

(Foto: Memorial Low Library, George Eastman House Collection)

Hoy cogí el autobús para ir a trabajar. Normalmente voy en metro. En un momento de rebelión (del sujeto) decidí coger el autobús. Craso error, porque el viaje fue eterno. Fue en realidad un viaje más que un trayecto. Si hubiera encontrado sirenas habría sido una odisea. Como dice Drácula: esta mañana he atravesado océanos de tiempo.

Pero la rebelión, saltarse el guión matinal, tiene sus satisfacciones. Dice en Madagascar, primera parte, Álex el león: sé tú mismo, improvisa, que ni tú mismo sepas lo que vas a hacer. Marty, la cebra, entonces coge el metro.

Yo, bípedo implume, cogí el autobús. Cansado del traqueteo me bajé en la calle 14 con la segunda avenida dispuesto a enmendar el error. Pero la rebeldía, digo, tiene sus premios. El destino me premió.

Caminaba hacia la parada de Astor Place, línea 4-6, un cruce donde coinciden Astor Place, las curvas de The Cooper Union, tan sorprendentes, y la parte de arriba de Lafayette, que tengo por la buena. Es una esquina por la que siento afecto. A veces ocurre con las ciudades. A algunas esquinas se les coge cariño.

Hacia abajo en Lafayette no hay más que tiendas y se pierde la calle. En la parte alta es más Lafayette.

Entonces caminaba con un frío intenso de Moscú en el mes de enero (cuatro grados bajo cero, cielo raso). En las aceras desfilaba la deliciosa mezcla de la sociedad neoyorquina. La población era escasa, supongo que por el frío y porque en realidad es una esquina tranquila, al menos a esas horas. Uno de aquí, otro de allá. Llegué sin esperarlo a la iglesia de St. Marks.

Está en el Bowery, que tanto me gusta. Es la segunda iglesia más vieja de Manhattan. Era un barrio de peregrinación para los beatniks en los felices (¿o melancólicos?) años cincuenta. A unos pasos estaba el original The Five Spot, donde operaba Thelonious Monk (que realmente se tomaba el piano como un instrumento de percusión). Sigue en el barrio pero en otra ubicación.

El patio de la iglesia estaba cubierto de nieve. Habría más de metro y medio de nieve. Lucía soleado, con la verja de hierro cubierta de una fina capa de hielo. Me asomé a través de la verja, cerrada con un candado oxidado. La nieve estaba limpia, sin una pisada, sin la mezcla de basura y nieve bautizada con habilidad en inglés como “snirt”. El patio estaba precioso, en silencio. La ciudad tranquila.

Así sucedió el milagro de St. Marks, que acabo de relatar. Seguí mi camino, feliz de estar Nueva York.

(Foto: St. Marks Place, George Eastman House Collection)

En las gradas del Madison Square Garden hay un joven imberbe llamado Justin Bieber. Creo que canta. Me entero porque una chica con una camiseta de baloncesto se acerca temblando al joven y vuelve temblando a su sitio con un teléfono en la mano que agarra como una estampita temblorosa. No puede evitarlo. Supongo que le pidió un autógrafo o se hizo una foto con él. La cámara enfoca el asunto y me informa.

En un partido de baloncesto ocurren muchas cosas. Por ejemplo, Mike D’Antoni intenta enderezar el partido contra Dallas, me temo que con poco éxito.

Ocurre también que Spike Lee está vestido de fan apasionado y a punto está de saltar a la pista cuando le molesta una decisión arbitral. Juraría que intenta despistar a los jugadores de Dallas cuando pasan frente a él. La verdad es que no es nada nuevo. Ya se conocían las pasiones del director cuando los Knicks, en otra vida, se jugaban algo contra Reggie Miller. Cómo me gustaba Reggie Miller.

En realidad hoy quería escribir del Hotel Drake, pero me distraje con el partido y con Justin Bieber. Quería escribir del Hotel Drake y de las clases de baile.

Una vez, hace varios años, dormí un par de noches en el Hotel Drake. En realidad no sabía que era el Hotel Drake porque entonces se llamaba Swisshotel, o así lo conocía yo. Era un hotel pequeño y tranquilo en la calle 56 con Park Avenue.

No sabía que el Swisshotel se había construido sobre el Hotel Drake. Me enteré después.

Bernard Shor, propietario de un restaurante de referencia de la vida neoyorquina durante los años 40 y 50, vivió allí con su familia en sus últimos años. Había vendido su restaurante (Toots Shor) y resuelto los problemas fiscales que menguaron su fortuna. Leí la historia de Bernard, al que nadie llamaba así, y pensé en el Drake, que ya no existe.

Shor no fue su único inquilino de relumbrón. Como ocurría en otros hoteles de la ciudad -quizá el más emblemático el nostálgico y tristón Chelsea Hotel, que ahí sigue en pie- el Drake tenía huéspedes permanentes. Fue también durante alguna temporada la casa de Frank Sinatra, de Muhammed Ali, de Judy Garland.

Llegaron los años 80 y se convirtió en el Swisshotel. Todavía no sabía esta historia cuando estuve por última vez en una de sus habitaciones. Alguien me comentó entonces que lo iban a vender para construir apartamentos. Lo demolieron en 2007.

Queda el Hotel Drake de Chicago, en la Avenida Michigan desde los años veinte del siglo pasado. En el Hotel Drake de Chicago se podía aprender a bailar. Lo anunciaba la revista Life en un número de 1941. Últimamente pierdo el tiempo viendo número antiguos de Life, de Sports Illustrated, de Baseball Digest.

El anuncio: “Si puedes hacer este paso, podemos hacer de ti un buen bailarín en seis horas”. Vaya, si lo llego a saber.

(Nota meteorológica, para no faltar a la misión de este blog: hoy amaneció todo cubierto de hielo y fue el Día de la Marmota. Lo vi en directo por el canal NY1. Las cosas importantes hay que verlas en directo).

(Foto: Scene at square dance in rural home in McIntosh County, Oklahoma, 1939 o 1940. Farm Security Administration – Office of War Information Collection 11671-22 (DLC) 93845501)

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.